Hace unos días tuve una conversación con mi padre.
Fue una de esas conversaciones que, aunque terminan, continúan dando vueltas en la cabeza.
Él me preguntaba por qué no buscaba un trabajo, por qué no buscaba otras empresas, por qué continuaba apostando por mis proyectos cuando económicamente podría estar en una situación diferente.
Y entiendo su pregunta.
Hubo un tiempo en el que, trabajando como salonero, podía llegar a ganar alrededor de ₡1.500.000 al mes.
Hoy mi realidad es diferente.
Hay meses en los que puedo generar ₡400.000 o ₡500.000. En temporada alta puede ser más. Y también sé que existe la posibilidad de generar mucho más si consigo nuevos clientes y continúo desarrollando mis proyectos.
Entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Por qué continuar?
Durante estos días he pensado mucho en la respuesta.
No estaba construyendo solamente un negocio
Hace aproximadamente seis años comencé a entrar en el mundo del emprendimiento.
No fui a la universidad para aprender marketing digital. No tenía detrás una gran empresa, inversionistas ni un manual que me dijera qué hacer.
Fui aprendiendo mientras avanzaba.
Páginas web. Redes sociales. Publicidad. Atención de clientes. Contenido. Reservaciones. Turismo. Restaurantes. Negociaciones. Problemas. Errores. Correcciones.
Y algo que considero todavía más importante: personas.
Porque cualquiera puede tener una idea.
Lo difícil comienza cuando alguien confía en esa idea.
Hay que responder mensajes cuando uno está cansado. Resolver un problema cuando algo salió mal. Escuchar una crítica. Reconocer un error. Volver a diseñar. Aprender algo que ayer no sabíamos. Dar seguimiento. Cumplir.
Y aparecer nuevamente mañana.
Eso ha sido parte de mi escuela durante estos años.
La libertad que realmente estaba buscando
Durante mucho tiempo pensé en construir algo que me permitiera tener libertad.
Pero hoy entiendo mejor qué clase de libertad estaba buscando.
Antes de pensar en libertad financiera, necesitaba libertad de tiempo.
Tiempo para pensar.
Tiempo para aprender.
Tiempo para crear.
Tiempo para recorrer Costa Rica.
Tiempo para desarrollar una página web desde cero.
Tiempo para imaginar un proyecto y comprobar si podía convertirlo en algo real.
Tiempo para equivocarme.
Tiempo para conocerme.
Y también tiempo para acercarme más a Dios.
Eso tiene un valor que durante mucho tiempo quizá yo mismo no supe reconocer.
Pero también descubrí algo incómodo:
tener tiempo no significa automáticamente saber aprovecharlo.
También tengo que reconocer mis errores
Sería muy sencillo escribir una historia donde yo aparezca como el emprendedor que decidió seguir sus sueños mientras los demás no lo comprendían.
Pero esa no sería toda la verdad.
Yo también pude haber hecho más.
Pude tocar más puertas.
Pude buscar más clientes.
Pude creer más en mi propio trabajo.
Pude ser más disciplinado.
Y seguramente desperdicié parte de aquella libertad que tanto había querido conseguir.
Durante el camino también existen hábitos, miedos, situaciones personales y luchas internas que pueden detenernos.
Porque emprender no golpea solamente el bolsillo.
También golpea la mente, las emociones, las relaciones y, en mi caso, incluso me ha obligado a hacerme preguntas profundas sobre mi vida espiritual.
Por eso aquella conversación con mi padre terminó haciéndome pensar.
Tal vez la pregunta ya no es si debería defender los últimos seis años.
Tal vez la verdadera pregunta es:
¿Qué voy a hacer con los próximos seis?
Las personas que creyeron antes de que todo estuviera construido
Hay algo que jamás quiero olvidar.
Nada de esto lo construí completamente solo.
Hubo personas que decidieron confiar en mí cuando todavía estaba aprendiendo.
Cevichería D'Mora y especialmente Yorlenny fueron parte importante de ese camino.
Restaurante Tiquicia también abrió una puerta. Primero trabajando con La Tabernita y posteriormente con el restaurante.
Y después llegaron otros proyectos, personas, aprendizajes y oportunidades.
Cuando alguien confía en nuestro trabajo, no solamente está pagando por un servicio.
A veces está ayudándonos a descubrir que aquello que comenzamos tímidamente puede convertirse en algo verdadero.
Por eso una parte importante de esta historia es simplemente decir:
gracias.
Agosto de 2026
El final de agosto me encontró pensando muchísimo.
En mi familia.
En mis decisiones.
En lo que hice bien.
En lo que hice mal.
En mis proyectos.
En las personas que han confiado en mí.
En quién estoy siendo y en quién quiero convertirme.
Y en Dios.
No puedo decir que comprenda completamente todo lo que estoy viviendo.
Tampoco quiero fingir que tengo todas las respuestas.
Pero sí siento que estoy cerrando una etapa.
Mi fe ha tenido un lugar importante en este proceso. En momentos difíciles he vuelto a mirar al Creador, a agradecer por la vida, por mi familia, por las personas, por las oportunidades y hasta por aquello que no salió como esperaba.
Porque incluso algunas puertas cerradas terminaron enseñándome algo.
Ahora la libertad tiene otra responsabilidad
Durante años quise construir una vida en la que mi tiempo también me perteneciera.
De alguna manera, lo conseguí.
No conseguí todavía todo lo que quiero económicamente.
No construí todavía la empresa que imagino.
No llegué a la meta.
Pero conseguí algo.
Tiempo.
Y ahora comprendo que ese logro trae consigo una responsabilidad enorme.
Tengo que convertir ese tiempo en disciplina.
En trabajo.
En servicio.
En mejores proyectos.
En nuevas oportunidades.
En relaciones más sanas.
En crecimiento.
En propósito.
Quizá aquella conversación con mi padre no ocurrió para demostrarme que él estaba equivocado o que yo tenía razón.
Quizá simplemente necesitaba escuchar una pregunta incómoda.
Porque después de seis años buscando libertad, finalmente estoy comenzando a comprender algo:
la libertad de tiempo no es la meta.
Es la oportunidad.
La verdadera pregunta es qué hacemos con ella.
Hoy no tengo todas las respuestas.
Pero estoy agradecido.
Por quienes creyeron.
Por quienes permanecieron.
Por lo aprendido.
Por lo perdido.
Por lo que todavía estoy construyendo.
Y, sobre todo, agradecido con Dios.
Cierro esta historia sin saber exactamente qué viene después.
Pero con una decisión:
no quiero desperdiciar el tiempo que tanto me costó conquistar.
Quiero convertirlo en propósito.
Y que todo lo que pueda construir a partir de aquí sea para la gloria de Dios.
— Andrey Ávalos
Emprendedor digital · Costa Rica


